lunes, 17 de septiembre de 2007

"Jamás venceremos"

¿Arenga profética en Coronel Oviedo?

Jamás venceremos. Lapsus linguae… ¿profético?. Tal vez, pero sind dudas, brillante resumen del análisis político más profundo que pudiera hacerse sobre la oposición en Paraguay. ¿Qué más se puede agregar al broche de oro del discurso de uno de los oradores del acto de Coronel Oviedo donde Lugo presentó su nueva “alianza patriótica”?
Pocas veces en la reciente historia política dos palabras definieron con tanta profundidad y exactitud la realidad y las perspectivas de la oposición frente a sus posibilidades de acceso al poder. Y ello no es culpa del fallido arengador, y mucho menos de quienes coinciden con el lapsus linguae al ver el escenario opositor que se mantiene con pocas variaciones sustanciales desde el inicio de la transición.
La oposición, así como está y como se maneja, “jamás vencerá”. Las brisas de cambio en actitudes o estrategias que permitieron ciertos avances frente a la aplanadora electoral colorada –léase victoria en Asunción en 1991, conquista de la Vicepresidencia, y otras- sólo fueron eso. Del otro frente, el huracán republicano pudo más que mil ventiscas opositoras insignificantes y poco sustentables ¿Por qué? La respuesta ofrece varias aristas, todas ellas no menos importantes. Tomemos apenas dos de esas explicaciones que dan sustento a aquella (¿profética?) proclamación hecha por un dirigente opositor.

El negocio opositor de la autofragmentación.

Cada vez que la oposición habla de “concertación”, “alianza”, “unidad electoral”, provoca dentro suyo el fenómeno totalmente contrario: la división. Ocurrió en 1993, en 1998 y ahora. Y seguirá ocurriendo si en dichos escenarios siguen priorizándose los afanes egoístas y mezquinos vinculados a una banquita parlamentaria o un cupito prebendario.
En los últimos 5 meses que se estuvo hablando de concertación, por ejemplo, se crearon casi tantos partidos y movimientos políticos como los que fueron inscriptos en dos décadas de transición. Y todo, porque cada uno debe “asegurarse” el espacio propio de “negociación” interna y juntar –entre familiares, parientes y amigos- un grupito de adherentes para sustentar alguna candidatura parlamentaria o similar, a fin de prenderse a las ubres estatales, hoy por hoy ya casi exhaustas con tantos lactantes presupuestarios.
Cual ameba auto divisible en el ecosistema contaminado de mezquindades inacabables, la oposición gana cada vez más en fracciones y cada vez menos en elecciones. Y la división sigue siendo el negocio de algunos.

La exacerbación del caudillismo
El modelo que se pretende proyectar desde la oposición sigue los mismos esquemas que originan y dar permanencia al sistema político cuyas evidencias de ineficiencia y corrupción no precisan ser detalladas. El verbo “cambiar” no se conjuga ni política ni gramaticalmente con actitudes o metodologías internas; antes bien, las señales egocéntricas, autoritarias y dictatoriales se producen y reproducen con llamativa facilidad en la vereda propia tanto como en la de enfrente. Por eso, principalmente por eso, poquísimas chances tendrá una oposición que se limite estratégicamente a buscar caudillos o líderes iluminados y no a programar el cambio real en base a políticas sustentables desde los pequeños o medianos espacios de poder que vaya ganando. Quienes puedan ser fieles –o efectivos- en lo poco, tendrán mayor predicamento para tener el poder de serlo en lo mucho.

Son dos aspectos, apenas, escogidos para darle sustento e interpretación a una fallida arenga proselitista. “Jamás venceremos” puede ser un lapsus linguae nomás, o quizás una fatídica profecía. Pero ello no dependerá del Partido Colorado, sino de la propia oposición.


José María Costa

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