viernes, 7 de mayo de 2010

Una razón para celebrar

Haber pasado de votantes a electores es el gran cambio

Si me pidieran un motivo, una razón esencial… sólo una, y aunque no hubiera otra… Si me dieran la opción de ser optimista por un minuto, no dudaría en decir que sí hay un motivo para celebrar el 20 de abril.

No miraré ni mascullaré ahora las diez, cien o mil razones por las cuales pudiéramos sentirnos los paraguayos pesimistas o desencantados. Yo creo que sí hay una razón fundamental para celebrar aquél hecho político del 20 de abril del 2008. Y es lo significativo que resulta aquella jornada para la construcción de la democracia en Paraguay, la democracia republicana, representativa y participativa, no la sesgada o mutilada que algunos piensan o desean. Fue el día en que radicalmente hemos pasado de ser ciudadanos votantes a ser ciudadanos electores. Y con ello, hemos abierto una página nueva para construir una democracia de ciudadanos verdaderos.

Aquella jornada electoral provocó el primer cambio de gobierno de un sector político a otro, sin complicaciones ni revoluciones, en la historia política del Paraguay. Esto, de por sí, no es poca cosa, considerando nuestra historia plagada de asonadas, cuartelazos, dictaduras y hegemonías partidarias inacabables. Pero esto mismo tiene muchas consecuencias y significaciones relevantes. Una de ellas es que el voto sí tiene valor como herramienta de castigo y cambio político. El ejercicio del voto ciudadano –devaluado por la prostitución política instaurada en la dictadura y continuada en la transición a través del prebendarismo y el clientelismo político- recuperó su esencia, su valor y su proyección. El paraguayo entendió que su voto vale y los paraguayos sabemos que si queremos proyectar ese valor, tenemos los mecanismos para hacerlo.

El voto también es un compromiso, y eso todavía está por concretarse. Cuando uno vota, no entrega –no debería- un cheque en blanco a los gobernantes electos. Apenas entrega una autorización para que lo representen y actúen en su nombre para trabajar por el bien común. El voto ciudadano no se agota –no debería- en el acto electoral, sino debe expandir su acción en forma de control y crítica durante todo el período para cual entregó poder a los elegidos. Esta parte del hecho ocurrido el 20 de abril del 2008 todavía debe cumplirse, seguir cumpliéndose. Y nadie –menos las autoridades elegidas en aquella jornada- debería negarse a este control, ni bastardear el propio mandato diciendo que quienes critican son “antipatriotas”, ni vituperar contra el ciudadano contraponiendo su derecho al voto a una supuesta “democracia participativa” que en realidad esconde el desdén por el soberano, el pueblo, y su esencial manera de expresarse políticamente que es el sufragio.

Insisto en lo inicial. Opto por no mirar en este momento las razones que destiñen la esperanza de muchos ciudadanos, sino en focalizar en la principal razón por la cual la ciudadanía debería festejar: por el valor de su voto como herramienta política. Si cada compatriota comprendiera esto en su radical importancia y perspectiva, tendríamos suficientes motivos incluso para ser optimistas aún con miles de desilusiones sembradas por la ineptitud, la corruptela o el nepotismo de los gobernantes, de los que estuvieron o de los que hoy están. Tendríamos coraje para no dejarnos amedrentar por las paranoias maledicentes o las injurias dogmáticas de los que hoy empotrados en el poder, repiten vicios que el voto del 20 de abril quiso desterrar de nuestra geografía política.

Claro que hay un gran motivo para festejar el 20 de abril. El voto por el cambio es el motivo, porque ése sólo, sin otro más, sin considerar los otros “no motivos”, es suficiente para preservar un hálito de optimismo y confianza en el verdadero cambio, aquel que todavía sigue esperándose y ya genera impaciencia.

José María Costa

No hay comentarios:

Publicar un comentario